Evangelio del día 24 de septiembre 2017

Primera Lectura: Jeremías 30, 8-11ª

A través de Jeremías, el Señor nos convoca a no tener miedo, porque El está con nosotros y nos liberará de toda opresión, aun cuando pasemos por situaciones duras de opresión como estaba sufriendo el pueblo de Israel en ese momento. Escuchemos.

Lectura del libro de Jeremías

Acontecerá aquel día – oráculo de Yahvé Sebaot – que romperé el yugo de sobre tu cerviz y tus coyundas arrancaré, y no te servirán más los extranjeros sino a Yahvé su Dios y a David su rey, que yo les suscitaré. Pero tú no temas, siervo mío Jacob – oráculo de Yahvé – ni desmayes, Israel, pues mira que yo acudo a salvarte desde lejos y tu linaje del país de su cautiverio; volverá Jacob, se sosegará y estará tranquilo, y no habrá quien le inquiete, pues contigo estoy yo – oráculo de Yahvé – para salvarte: pues acabaré con todas

las naciones entre las cuales te dispersé. Pero contigo no acabaré; aunque sí te corregiré como conviene, ya que impune no te dejaré. Palabra de Dios.

 

Salmo Responsorial: 125, 1-5
R/. 
Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares. Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares.R/. 

Hasta los gentiles decían: El Señor ha estado grande con ellos. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.R/. 

Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.R/. 

Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas.R/. 

 

Segunda Lectura: Gálatas 5, 1.13-25

Cristo Jesús nos convoca con su palabra a ser libres como El, obedeciendo siempre al Padre, dejándonos guiar por su santo Espíritu. Así podremos dar los frutos propios del amor y ser libres de toda obra de la carne egoísta. Escuchemos.

 

Lectura de la Carta de San Pablo a los Gálatas

Para ser libres nos libertó Cristo. Manténganse, pues, firmes y no se dejen oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud. Porque, hermanos, ustedes han sido llamados a la libertad; sólo que no tomen de esa libertad pretexto para la carne; antes, al contrario, sírvanse por amor los unos a los otros.

Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si se muerden y se devoran mutuamente, ¡miren no vayan mutuamente a destruirse!

Por mi parte les digo: Si viven según el Espíritu, no darán satisfacción a las apetencias de la carne. Pues la carne tiene apetencias contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne, como que son entre sí antagónicos, de forma que no hacen lo que quisieran.

Pero, si son conducidos por el Espíritu, no están bajo la ley. Ahora bien, las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales les prevengo, como ya les previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios. En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí; contra tales cosas no hay ley. Pues los que son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias. Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu. Palabra de Dios.

 

Evangelio: Juan 2, 1-11

Las palabras de María a los sirvientes: “Hagan los que Él les diga”, se convierten en un camino a seguir, para todos los que hemos sido convocados a seguir a Jesús por medio de su Palabra. Con alegría aclamemos cantando a Jesús, que por la súplica solidaria de su madre actúa a favor de aquellos novios.

 

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 2, 1-11

Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: “No tienen vino.” Jesús le responde: “¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.”

Dice su madre a los sirvientes: “Hagan lo que él les diga.” Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: “Llenen las tinajas de agua.” Y las llenaron hasta arriba. “Sáquenlo ahora, les dice, y llévenlo al maestresala.” Ellos lo llevaron.

Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: “Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora.” Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos.  Palabra del Señor.

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