Homilía Consagración Episcopal de Mons. Ramón Alfredo de la Cruz Baldera, obispo electo de San Francisco de Macorís


Santo Domingo. – Compartimos con ustedes la Homilía pronunciada por Fausto Ramón Mejía Vallejo, obispo emérito de San Francisco de Macorís, en la Consagración Episcopal de Mons. Ramón Alfredo De la Cruz Baldera, nuevo obispo de San Francisco de Macorís.

Nos llena de alegría y saludamos con deferencia la presencia del Señor Presidente de la República Lic. Luis Abinader Corona, en compañía de la distinguida Vicepresidenta la Lic. Raquel Peña; y con ustedes saludamos a los distintos ministros y demás autoridades nacionales y locales. Saludos especiales para nuestros hermanos obispos de la Conferencia del Episcopado Dominicano, a cuya cabeza está el decano que es Mons. Jesús María de Jesús Moya. También nos alegra la presencia de Mons. Jail Méndez en representación del Nuncio Ghaleb Bader.

 A los estimados sacerdotes de nuestra diócesis y los que han venido de otros lugares, incluso allende los mares; a los diáconos, religiosas, seminaristas, a todos los laicos y a los distintos movimientos apostólicos, a las autoridades educativas, militares, policiales, del benemérito cuerpo de bomberos, a los hermanos y familiares de Mons. Freddy de la Cruz, a las visitas especiales del país y de distintos países, que nos honran con su presencia, especialmente los amigos de Alemania, wilkommen unsere land und danke schon fur seinen freundschaft fur pater Freddy; a los miembros de la prensa y a los medios de comunicación social como Telenord, la Voz de María y Televida que cubren este acontecimiento. Hermanas y hermanos todos.

 Nos reunimos hoy con alegría y gratitud para acoger a nuestro hermano obispo electo Ramón Alfredo de la Cruz, designado por el Papa Francisco como obispo de esta Diócesis de San Francisco de Macorís, y quien pronto será ordenado por la oración y la imposición de manos, como signo de que es propiedad de Dios que le dice: “Te he elegido por tu nombre porque eres mío”.

Ese ser enteramente del Señor, es para que tú des “razón de la esperanza”, que es parte del lema y de la palabra de Dios que tú muy sabiamente has seleccionado. Escogiste en el libro del génesis 12 la llamada de Abrahám, que es el inicio de la historia de la 2 salvación, donde se nos dice que “Abrahám creyó y esperó contra toda esperanza, llegando a ser padre de muchas naciones, porque no dudó de la promesa de Dios.

Es el mismo Dios de Abrahám que te llama a ti Padre Freddy, para que a través de ti continúes bendiciendo a nuestro pueblo, y esa es una de las tareas más importantes que un ser humano puede recibir; por eso tú con mucha sabiduría has querido responder con el salmista “Tú eres Señor mi esperanza”.

De la misma manera aceptas la exhortación de San Pedro que nos dice: “Felices ustedes cuando tengan que sufrir algo a causa de mi nombre”; ante eso, “den razón de la esperanza que tienen que dar a los demás, pero háganlo con sencillez y sin temor, convencidos que “es mejor sufrir haciendo el bien que el mal”.

También escogiste la escena del Evangelio de Lucas, cuando el niño Jesús es presentado en el Templo, como luz de las naciones y esperanza para toda la humanidad; ahí el anciano Simeón no puede contener la emoción y el gozo de ver realizada la promesa que Dios le había hecho, de ver al Mesías antes de morir. De ahí que él, lleno de júbilo, exclama: “Ahora Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto al Salvador del mundo, luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”. Es un momento muy solemne, que debe tener una gran significación para ti en este momento especial de tu vida. Has sido llamado a ser obispo, un sucesor de los apóstoles.

 La primera cosa que yo quisiera decirte Mons. Ramón Alfredo de la Cruz, es que ser obispo no es un honor, ni un privilegio, sino una llamada y una vocación especial para servir en vigilancia y fidelidad, sin cálculos ni condescendencia con uno mismo. Es un servicio que no se mide por los criterios mundanos de lo inmediato, lo vistoso, el aplauso y la grandeza, sino por lo esencial del Evangelio que es servir. Un servicio que hace presente el amor y la misericordia gratuita de Dios, y donde la palabra éxito no es uno de los atributos del Señor, porque el punto culminante de la gracia que nos regala Él, es su muerte en la cruz que termina en la victoria de la resurrección.

 El sentido de gratuidad que recibimos de parte de Jesús “quien llamó a los que quiso para que estén con Él”; y luego, después de su resurrección encomienda a los once reunidos en comunidad la hermosa misión de “ir al mundo entero a predicar el evangelio a toda la creación”. Hermosa misión que nos indica: “que nadie puede estar al servicio de los hombres sin antes ser siervo de Dios, y no se puede ser siervo de Dios si antes no es hombre de Dios”.

Son muy oportunas para este momento, las tres palabras sobre el caminar, construir y confesar, que el Papa Francisco les recomendó a los obispos del CELAM, ahora que trabajan el tema de la sinodalidad o del caminar juntos. Se resumen así: “Quisiera que todos caminemos en la presencia y con la cruz del Señor para edificar la Iglesia sobre la sangre de Jesús y confesar la única gloria que es Cristo crucificado y resucitado; y así la Iglesia avanzará”. Pero caminar sin acomodarnos ni conformarnos con los logros alcanzados, pero tampoco sin dejarnos vencer por las dificultades o por los miedos; caminar dirigiéndonos hacia los hombres y mujeres de hoy, pues una “Iglesia que no sale, a la corta y a la larga, se enferma en la atmósfera viciada de su encierro”.

Estamos llamados a construir la Iglesia, a partir de nuestra vinculación con Jesucristo y la fuerza renovadora de su Resurrección: una Iglesia, casa y escuela de comunión con rostro amable, capaz de dialogar con los hombres y mujeres de hoy, con el mundo y la cultura de nuestro tiempo; una Iglesia que contagie la esperanza y la vida que brota del Evangelio. Una Iglesia en la que todos sus miembros sean corresponsables de su conducción, de su destino y de su misión. Estamos llamados a confesar a Jesucristo, con nuestro testimonio de vida y con nuestra palabra, porque el discípulo a la medida que conoce y ama a su Señor, experimenta la necesidad de compartir con otros su alegría de ser enviado a anunciar al mundo el Reino de Dios”.

Debemos tomar conciencia de la situación difícil que estamos viviendo, en especial, con esta visita del COVID-19 que nadie invitó, pero que está gravitando negativamente en el mundo entero; para tener una acción solidaria, especialmente con los más pobres, sufrientes y excluidos; pero también enfrentar con lucidez los grandes retos que tenemos por delante, de los cuales podemos destacar: El deterioro de la institucionalidad familiar y la secuela que eso conlleva; el avance de un modelo económico que se prolonga y que favorece la concentración de la riqueza en pocas manos; las decisiones legislativas y judiciales sin referencias éticas que generan impunidad e injusticia; las distintas expresiones de violencia y de inseguridad que atentan con la dignidad humana y la convivencia pacífica.

 Por eso, es indispensable que la nueva evangelización se inspire en el mismo estilo de Jesús: aprendiendo y practicando las bienaventuranzas del Reino; su amor y obediencia  filial al Padre; su comprensión entrañable ante el dolor humano; su cercanía a los pobres y a los pequeños; su fidelidad a la misión encomendada y su amor servicial hasta donar su propia vida.

Padre Freddy ser obispo fiel al mandato del Señor, nunca ha sido ni será fácil, hasta el más pequeño de los mortales le puede entrar “el temor y el temblor” del que hablaba el filósofo danés Soren Kierkegaard, en su famoso libro sobre la angustia; pero tú no te preocupes ni tengas miedo, porque al decir de San Agustín “siempre tenemos que caminar entre la persecución del mundo, pero animado por las caricias de Dios”; es una hermosa misión, porque se trata de enterrar el cáncer del individualismo para estar siempre en entera disponibilidad para servir a los demás, y eso es lo que produce la más profunda satisfacción, porque “hay más alegría en dar que en recibir”.

Para vivir eso, es bueno dejarnos llevar por el consejo que el Papa Francisco da especialmente a los nuevos obispos: “ustedes como pastores deben ir siempre delante de su pueblo, para mostrarle el camino y conducirlo a la meta final que es el Reino de Dios; pero de en vez en cuando, váyanse al medio, para que las gentes vean su presencia y sientan el apoyo y la seguridad de que no van solos; y también pónganse al final para que den ánimo, coraje y valentía, a los que se van cansando y desanimando; y denles fuerza para que no se devuelvan como hizo el grupito que iban con Moisés por el desierto”.

Por eso querido cuasi obispo Ramón Alfredo de la Cruz Baldera, mantén como hasta ahora, tu vida sencilla y no te olvides de tus raíces ni de las maravillas que el Señor ha hecho contigo; teniendo siempre presente lo que te decías antes, que el episcopado es el nombre de un servicio, de una entrega y de una donación total. Porque como dice el Maestro: “quien sea el más grande entre ustedes, que sea como el más pequeño; y quien gobierna que sea como el que sirve; que nunca se gobierne por imposición sino por el convencimiento; ya que el obispo tiene que ser siempre un servidor, un maestro, un pastor, un padre, un hermano y un amigo; un hombre de fe y de oración, porque como decía San Pedro cuando creó los diáconos “un obispo que no reza es un mercenario”.

Para terminar, quiero decirte Padre Freddy, que la diócesis que se te ha confiado, está enclavada en una de las regiones más bellas del país; una provincia Duarte que es la tercera provincia más desarrollada, porque es la que más produce cacao y arroz; con un dinamismo grande en la construcción y una red grande de cooperativas que contribuyen al 5 bienestar de sus ciudadanos; tenemos la provincia María Trinidad Sánchez, con una gran vocación turística, y donde muchas personalidades comienzan a visitar y a invertir. Y, además, tenemos a Samaná con una de las bahías más hermosas del mundo, franqueada por los Haitises, y con una población con una subcultura cocola llena de vida, de alegría y de una recia personalidad. Y como si eso fuera poco, recibirás una diócesis con una gran legión de animadores de asambleas y de ministros extraordinarios de la Eucaristía; tendrás más de noventa diáconos permanentes, la mayoría con liderazgo y bien formados; un laicado abundante que milita en los distintos movimientos apostólicos; y muy importante que tendrás 75 sacerdotes diocesanos y religiosos.

 Por todo eso, damos gracias al Señor y pedimos para que la Santísima Virgen de la Altagracia y las Tres Veces Admirables y Vencedoras de Schoenstatt, te ayude a ser como ella: humilde, sencillo, servicial y con el corazón contemplativo; estar siempre con la disponibilidad y atento a las necesidades de los demás.

 Quiero aprovechar esta oportunidad y este escenario, para expresar mi agradecimiento a todos los miembros de esta gran familia que milita en esta porción del pueblo de Dios y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, por todo el bien que me hicieron, por su acogida y su amistad. Gracias especiales a Mons. Moya, a todos los sacerdotes diocesanos y religiosos, a las religiosas, a todos los agentes de pastoral; a tantas personas y familias que no voy a mencionar por razón de tiempo. Para todos, gracias del alma y pueden seguir contando conmigo para cualquier servicio que pueda prestarles. Que el Señor les bendiga y el Espíritu Santo les fortalezca siempre. Amén. 

Leer original: Homilía de Mons. Fausto Mejía Vallejo (1) (1)



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